miércoles, 4 de marzo de 2009

Las Asombrosas Aventuras de Tinín Payares (Capítulo I — Primera Parte)

Allí donde el sol, al despuntar el alba, carménase los cabellos instantes antes de irradiar el firmamento de arrebolados fulgores, existe una pequeña aldea que dormida en las penumbras de lo ignoto, vive el día a día con sosiego, armonía y felicidad. Guarecida entre calizos cercados y glaucos declives, sus casuchas, desparramadas alrededor de la primigenia choza de pastores que en tiempos fuera la progenitora de tan indolente descendencia, parecen querer rehuir el contacto del límpido riachuelo, que partiendo en dos la aldea, transcurre indiferente a tan inescrutable repudio. En uno de esos chamizos, ubicado al arbitrio de las divinidades que rigen el devenir de tan bucólicos paisajes, hace tiempo que vino al mundo una criatura que...

Y así podría haber continuado narrando esta historia, de no ser por dos pequeños pero abrumadores matices: el primero no es otro que, de seguir por semejantes derroteros narrativos, antes de llegar al final de esta misma página, habría agotado por completo la paciencia del lector, por muy estoico que fuera su carácter, o por muy directa que fuese la línea dinástica que lo emparentase con el Santo Job; el segundo matiz —pero no por ello menos importante— es que la historia que será contada en esta y sucesivas páginas, aunque a algún impenitente incrédulo le pueda parecer inverosímil, es completa, absoluta e inadmisiblemente verídica. Y es que cuando una novela está protagonizada por inexistentes personajes que ubicados en imaginarios lugares viven ilusorias situaciones, es decir, cuando una narración sólo debe rendir cuentas ante la imaginación, o peor aún, ante el talento creativo del escritor que la concibió, éste puede permitirse el lujo de realizar mil y un acrobatismos estilísticos con los que dejar patente sus aptitudes literarias; pero si de lo que se trata es de dejar constancia escrita de unos hechos ciertos y verificables, padecidos por seres de carne y hueso en parajes perfectamente localizables hasta en el más sencillo atlas escolar, entonces, cualquier clase de ornamento artístico o alarde retórico, no sólo desvirtuaría irremediablemente el efecto moralizador de las posibles enseñanzas que el lector pudiera sacar para su propio provecho una vez leída la obra1, sino que también teñiría de afectación la rigurosidad argumental de los acontecimientos descritos. De tal forma que espero la razonada indulgencia del lector, para que me sepa perdonar el que a partir de este preciso instante, utilice un lenguaje más llano, sencillo y entendible, que el que hasta ahora he empleado.

Intentaba al principio de este capitulo, justo antes de dejarme llevar por consideraciones literario-filosóficas2, describir someramente la aldea donde nació el protagonista u héroe de esta fábula. Y a fe mía que hasta podría haber colado la descripción, ya que con pequeñas modificaciones, se ajusta aceptablemente a la realidad. Vamos allá con las correcciones: efectivamente la aldea está situada entre montañas, más exactamente en la zona más inhóspita del macizo montañoso que lleva por nombre “Pináculos Europeos”3, pero bueno, decir en relación al sol que ilumina esos paisajes que: “carménase los cabellos instantes antes de irradiar el firmamento de arrebolados fulgores”, es un poco excesivo, principalmente, porque al susodicho, por aquellos andurriales, sólo se le ve tres o cuatro veces al año, el resto de los días, ya sea por la niebla, la lluvia, o los desechos gaseosos expelidos por una central térmica situada a apenas cinco kilómetros de distancia, no hay forma humana de verle el pelo, aunque bien es cierto que si uno tiene antojo de sol y cálidos destellos, siempre puede ir a la tasca del Tío Ildoncio a mirar un calendario de 1966, en el que aparece una fotografía en blanco y negro de una playa de Almería llamada Palomares y en la que se puede ver a cuatro estilizados caballeros, demócratas en ciernes, retozando juguetonamente en el agua mientras saludan sonrientes a la cámara. También es cierto que el pueblo surgió alrededor de un antiguo refugio de pastores, pero el hecho de que las casas estuvieran desparramadas sin ton ni son, no se debió a ningún conflicto generacional entre las mismas, sino al hecho de que cada vez que llegaba un nuevo colono al lugar y decidía afincarse allí, en el momento en que escogía el sitio que mejor le convenía para comenzar la construcción de su futuro hogar, se encontraba con la agradable sorpresa de ser recibido con grandes muestras de bienvenida por parte de los lugareños ya establecidos, que con fesorias, hachas, escopetas y demás utensilios de salutación vecinal, le conminaban entre gestos de afable urbanidad, a que explorase otros lugares más apropiados en donde asentarse, siendo lo más habitual que el recién llegado saliera por piernas y sin mirar atrás, de aquella hospitalaria localidad, aunque de vez en cuando, el sujeto, sufriendo un ataque de temeraria inconsciencia, hacía caso omiso a las advertencias y se emperraba en quedarse al coste que fuera, pero eso sí, teniendo buen cuidado por si acaso, de no construir su morada demasiado cerca de tan agradables compañías. Para finalizar, la razón por la que no existía ninguna construcción próxima a las riberas del límpido riachuelo, no era otra que la tozuda manía que tenía este de aumentar en veinte veces su caudal durante la época de deshielo, con lo que cualquier persona, animal o cosa que se encontrara a menos de cuarenta metros de su orilla, se vería obligado indefectiblemente a realizar un cursillo intensivo de natación, o a practicar de forma “amateur” ese bonito deporte llamado buceo extremo, en cuanto los primeros rayos primaverales asomasen por entre las nubes.

Hasta aquí llega la somera descripción física y geográfica de la aldea donde tuvo a bien venir al mundo el protagonista de nuestra historia, y creo necesario en este preciso instante, dar a conocer al lector un dato que hasta ahora he ocultado intencionadamente, y que no es otro que el nombre de la susodicha localidad: Caleya del Reyezuelo. Para quien se esté preguntando por qué razón no proporcioné tan trivial información desde un principio, le diré que no fue porque se me hubiera olvidado el nombre de la población, ni porque no quisiera acordarme de él4, sino porque simplemente no me dio la gana hacerlo, y punto. También puede haber alguien, que pagado con soberbia de sus aptitudes deductivas, haya razonado de la siguiente manera: si el lugar en cuestión se llama Caleya del Reyezuelo, y así como cuando se habla de tocino suele siempre haber un cerdo de por medio, tan curioso topónimo es probable que provenga de un suceso o aventura acontecido por esos parajes a algún rey de los muchos que la historia de Las Españas ha dado. Pues bien, a los que hayan discurrido de tal forma, sólo me queda felicitarles y exclamar con eufórico entusiasmo: ¡Bingo! O mejor dicho: ¡Línea! Ya que lo que se dice con un rey..., rey como tal..., pues la verdad es que no lo era. En realidad la historia tiene como protagonista a un Secretario del Ayuda de Cámara del Valido del Primer Maestresala de su Majestad Amadeo I (Amadeo un palito) de Saboya. Y aunque esa historia, acaecida hace ya considerables lustros, no tiene mucha relación con la que es motivo de la presente novela, ya que la he sacado a colación, voy a permitirme el pequeño capricho de contarla, que para eso soy el escritor... ¡qué narices!

(Continuará...)



1. Vamos, que no la entendería ni Dios.
2. Es decir, justo antes de hacerme pajas mentales.
3. Dicho de otra forma, allí donde Cristo perdió el mechero.
4. Eso ya lo hizo muy bien Cervantes, y no es mi intención que me acusen de plagio antes de haber terminado de escribir mi próxima novela, una trepidante historia de intriga que llevará el sugerente título de: “El Bodrio Da Vinci”.

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