lunes, 6 de abril de 2009

Las Asombrosas Aventuras de Tinín Payares (Capítulo I — Segunda Parte)

Corría el año del Señor1 de 1873, cuando una horda de impíos salvajes cometió la desfachatez de instaurar en Las Españas, el demoníaco estado de gobierno conocido como República. Semejante despropósito tuvo como principal consecuencia, que los miembros integrantes de esa estirpe infundida de Divino Hálito2, que tiene a bien denominarse a sí misma monarquía, tuvieran que salir como vulgarmente se dice “defecando lácteos”3. De tal forma que nos encontramos al incomprendido Amadeo I (Amadeo un palito) de Saboya teniendo que abandonar subrepticiamente el país, con todo el séquito de cortesanos y demás patricios que suelen acompañar a personajes de tan alta cuna4, pero eso sí, no sin antes dejar para la posteridad una de esas frases que demuestran fehacientemente la capacidad intelectual y agudeza de ingenio de quienes la pronuncian; en este caso, el depuesto soberano se despidió de sus súbditos con la siguiente sentencia: “Questo paese é ingovernabile!”5. Pues bien, hete aquí que entre la comitiva que acompañó al regente durante su éxodo de regreso a la Italia natal, estaba nuestro atribulado Secretario.

Las primeras horas de viaje transcurrieron sin problemas, pero en el momento en que hubo de hacerse una parada para descansar y avituallarse en una de las muchas posadas que había dispersas a lo largo de la ruta, el pobre hombre tuvo la pésima idea de pedirle al posadero que le sirviera un buen plato de huevos fritos con chorizo, acompañado de una colosal jarra atiborrada con vino de la comarca. El mesonero, que tenía sus particulares prejuicios hacia todo lo que tuviera que ver con príncipes, nobles y otras especies de semejante ralea, al escuchar la petición del Secretario vio colmados sus más secretos anhelos, al vislumbrar la posibilidad de matar dos pájaros de un tiro: de un lado saldar sus personales e intransferibles cuentas con las instituciones monárquicas, y del otro, deshacerse de unos cuantos huevos y de un odre de vino que llevaban criando malvas en la despensa más tiempo del prudentemente saludable, a expensas de poder colocárselos a algún antipático viajero. Ni que decir tiene que, apenas el iluso funcionario hubo finalizado de dar cumplida cuenta a tan exquisitos manjares, y tras felicitar al dueño del mesón por la calidad y excelencia del refrigerio que éste le acababa de servir, comenzó a sentir un sutil cosquilleo en el estomago, que en un principio achacó a la tensión nerviosa acumulada durante las últimas horas, en las que su estatus social había sufrido una traumática metamorfosis: de reconocido cortesano, a repatriado forastero.

Desgraciadamente para él, el cosquilleo evoluciono al grado de incómoda molestia, esta al de insufribles retortijones, y por último, hizo acto de presencia un devastador cuadro de terremoto intestinal que, entre otros efectos, produjo que de la boca del Secretario, a parte de toda clase de líquidos digestivos, saliera una amplia retahíla de acusaciones de envenenamiento, exabruptos y obscenidades, que teniendo como únicos destinatarios al tabernero y a toda su ascendencia genealógica, produjeron no poco asombro entre los presentes, que no podían otra cosa que exclamar maravillados: “¿cómo alguien que parece tan poquita cosa, puede vomitar de esa forma y decir semejantes burradas?”, mientras el interpelado sonreía entre dientes, ajeno a las lindezas sintácticas de que estaba siendo objeto, y exclamando de vez en cuando con templada entonación: “¡que te forniquen, Gnathobdellida”6.

Y así hubiera transcurrido indefinidamente la situación, de no ser porque de repente, al dueño de la taberna le sobrevino un violento acceso de sinusitis nerviosa galopante7, que le incitó a:

  1. dirigirse hasta un cercano mostrador;
  2. sacar de sus entrañas un cuchillo de más de 30 cm. de hoja que solía utilizar para desollar cerdos los días de matanza;
  3. clavar el susodicho utensilio cortante en una pared a apenas un palmo de distancia de la nariz del Secretario.
Hecho esto, el hostelero terminó por dejar boquiabiertos a todos los que en el comedor se hallaban, demostrándoles su innata capacidad para predecir el porvenir. Para conseguirlo, no tuvo más que aprovechar la presencia del impertinente viajero, y enumerar toda una serie de probables acontecimientos que podrían sucederle a éste último en un futuro próximo. Es preciso dejar constancia de que nadie puso en duda las dotes esotéricas del dueño del local, incluida la persona concernida por dichas predicciones, quien tal vez impresionada por la previsible exactitud de las profecías escuchadas, decidió abandonar la posada y reanudar de inmediato el viaje junto al resto de sus compañeros de odisea, pero no sin antes pagar debidamente la cantidad adeudada por las viandas consumidas8.

Este pequeño incidente alimenticio le supuso al Secretario toda una serie de desdichadas consecuencias, que terminarían acarreándole la más funesta e inconsolable de las ruinas que le podían sobrevenir: la profesional. En primer lugar tuvo que hacer frente a los colíticos accesos que cada diez minutos le sobrevenían, y que tenían como principal y más llamativo efecto, que tuviera que detenerse inmediatamente, para buscar un lugar un poco apartado del camino en el que poder dar rienda suelta a los desechos producidos por el sarao bacteriano que estaba teniendo lugar en sus intestinos. Esta serie de continuas interrupciones en el normal discurrir de la marcha, hizo que poco a poco se fuera quedando rezagado con respecto a la cabecera de la misma; y la demora acumulada llegó a ser de tales proporciones, que en el tiempo que a él le llevó recorrer quince kilómetros, al Real grupo le dio tiempo suficiente para llegar a puerto y embarcarse en el desvencijado cascarón9 que habría de conducirlos hasta Italia. Para cuando el Secretario se hubo repuesto completamente del inoportuno ahíto, habían transcurrido sus buenos cinco días, y con ellos, cualquier posibilidad de poderles dar alcance.

Por si fuera poco, tras perder el contacto visual con la expedición, se vio obligado a ir preguntando a los lugareños si se habían cruzado con ella, y ya fuera por su escaso dominio del español, o por la mala sangre de estos ocasionales informadores, lo cierto es que le resultó imposible hacerse entender, con lo que sin ser consciente de ello, no sólo no consiguió reducir la ventaja que le llevaban sus compadres, sino que de hecho, fue tomando poco a poco la dirección completamente contraria a la debida10.

Y así fue como este pintoresco Ulises de saldo, fue a parar al cabo de días y kilómetros, al aborto de aldea sin topónimo conocido que con el tiempo habría de convertirse en Caleya del Reyezuelo, y que por entonces no era más que un extravagante conjunto de chavolas de dudosa solidez. Sólo, perdido y sin ser capaz de pronunciar más de tres palabras seguidas en comprensible español, el Secretario no se vio con fuerzas para continuar el viaje, y se convenció a sí mismo de que aquel era un sitio tan bueno o tan malo como cualquier otro, para abandonarse al capricho de los Hados y sus impenetrables providencias.

(Continuará...)



1. En estos momentos me es imposible especificar más concretamente de qué Señor se trataba.
2. ¡Pues vaya hombre!, ahora no recuerdo si de lo que está infundida es de Divino Hálito, o de Halitosis Divina, pero fijo que es de una de las dos cosas. Y es que como muy bien dijo Luis XVI (Luis empate, uve, un palito): “¡Huy, esta memoria mía...! ¡Cualquier día pierdo la cabeza!”.
3. O sea: cagando leches; cosa a la que por cierto suelen estar más que acostumbrados, pues es conocida de todos la tendencia que suelen tener los regios individuos, a darse las de Villadiego cuando las circunstancias se les tuercen un poco; será por la Halitosis Divina esa que mencioné antes, digo yo.
4. La referencia a la alta cuna de Amadeo I (Amadeo un palito) de Saboya, debe ser tomada en este caso en sentido literal, ya que el personaje en cuestión pasó sus primeros meses de vida durmiendo en una cuna que estaba elevada a 165cm de distancia vertical con respecto al suelo. Se desconoce la razón por la que esta cuna fue colocada a semejante altura, aunque algunos estudiosos apuntan la posibilidad de que sus padres, aficionados a la ornitología, pretendieran de esta forma enseñar a volar a su retoño, haciendo uso de los mismos métodos condicionantes que ciertas aves emplean con sus poyuelos para tal fin. Se desconoce si el ardid tuvo éxito.
5. “¡Este país es ingobernable!”. Nótese la sagacidad política implícita en esta frase. Evidentemente, cuando a uno le echan del gobierno de un país, es porque éste le resulta ingobernable. ¡Qué tozuda manía tienen algunos pueblos a no dejarse gobernar como Dios manda!
6. “¡Que te jodan, sanguijuela!”. Como se puede observar por la forma en que el posadero construye esta frase, y dejando de lado cualquier clase de consideración profesional sobre sus valores éticos, lo que sí que es indudable es que el sujeto en cuestión era una persona verdaderamente instruida.
7. Es decir: se le hincharon las narices.
8. He aquí el vaticinio realizado por el posadero: “O pagas lo que me debes y te largas de una puñetera vez, o el próximo San Martín, en vez de criadillas de gorrino, comeremos cojones de italiano”.
9. Término con el que los soberanos denominan a los cruceros de lujo a todo trapo, cuando deben abandonar un determinado país por razones completamente ajenas a su voluntad.
10. ¡Mala sangre, mala sangre...! ¡El tío, que no tenía sentido del humor...! ¡Total, por desviarlo un poquito...! ¡Que no sabía aguantar una pequeña broma, hombre!

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