viernes, 10 de julio de 2009

Las Asombrosas Aventuras de Tinín Payares (Capítulo I — Tercera Parte)

Durante un tiempo los habitantes de la inhóspita aldea, se limitaron simplemente a hacerle la vida imposible al recién llegado. Pero con el transcurrir de las semanas, la temperatura vecinal fue creciendo paulatina e inexorablemente, hasta alcanzar cotas difíciles de medir por termómetro alguno. Y es que el nuevo vecino empezó poco a poco a sentirse tan a gusto entre aquellos parajes y sus gentes, que llegó a creerse en el derecho y la obligación de reconducir la forma en que los segundos habían gobernado sus asuntos hasta entonces, para adaptarlos a las fórmulas y maneras aprendidas durante los muchos lustros que había estado al servicio de Su Majestad Amadeo I (Amadeo un palito) de Saboya, y como para poder hacer tal cosa era requisito indispensable disponer de un rey sobre quién rendir pleitesía, él mismo se ofreció voluntario para tan engorroso puesto1.

En un principio los aldeanos le dejaron hacer, limitándose a observarlo con curiosidad, y exclamando divertidos de vez en cuando: “Joder con el italiano, y parecía tonto... mirad los aires que se gasta el tipo”, pero cuando en un incontrolado ataque de soberbia autoritaria, pretendió ejercer el monárquico derecho de pernada sobre la lozana Elisenda, hija del molinero Bartolomé2, el día antes de sus nupcias con Vicente, primogénito de Romualdo el ganadero3, todos los convecinos creyeron llegado el momento de manifestarle al Secretario de forma clara y rotunda, el disgusto que les provocaba su comportamiento; y es preciso dar fiel testimonio, de la forma culta y civilizada con que le expresaron dicha disconformidad: organizando en su honor, una vistosa demostración de deportes rurales4.

Ni que decir tiene que el homenajeado, ante tanta delicadeza, comprendió lo errónea que resultaba su actitud, dada la propensión que mostraban esas gentes hacia el vivir humilde, tranquilo y sosegado. A partir de entonces abandonó todo intento de instaurar una monarquía parlamentaria en la aldea, limitándose a ejercer sus innatas dotes gubernativas sobre las raíces, frutas y hortalizas cultivadas en la huerta situada en la parte trasera de su modesta vivienda. Con el tiempo, las andanzas y desventuras del Secretario circularon por toda la comarca y alrededores, favoreciendo la aparición de leyendas más o menos desvirtuadas, sobre aquella pequeña localidad, en la que un día tuvo a bien hacer acto de presencia un reyezuelo italiano.

Para finalizar con el pequeño esbozo biográfico realizado sobre este personaje de segunda categoría, del que si me hubiese dado la gana hubiera podido prescindir por completo, decir que en septiembre de 1996 fue canonizado por Su Santidad D. Juan Pablo II (Juan Pablo dos palitos), al reconocérsele dos asombrosos milagros que vinieron a dejar patente la aureola de mística religiosidad que envolvió su paso por este valle de lágrimas llamado existencia5.

En la plaza de San Pedro del Vaticano, en presencia de una enfervorizada masa de devotos católicos practicantes, católicos no practicantes y católicos a turnos, compuesta por unos 30.000 polacos convexos6, tres monjitas de la Congregación de las Visionarias del Cristo de la PS3, y un turista despistado que pasaba por ahí de camino a Zaragoza, el funcionario fue incluido en el selecto club de los próceres de la Iglesia Católica, con el nombre de San Cacerolo Iluminado7, patrón de los monárquicos constitucionalistas.

(Continuará...)



1. Como se puede observar, el Secretario había asimilado a la perfección los fundamentos básicos mediante los cuales se establecen las monarquías: llegar a un sitio y autoproclamarse rey por mandato divino; y al que le guste bien, y al que no... ¡Es un antidemócrata que busca secuestrar las libertades!
2. Alías “El Quebrantahuesos”.
3. Alias “El Jifero”
4. Para los interesados en la etnografía, he aquí la relación de deportes rurales exhibidos en la demostración:
  1. Ponerle el cascabel al gato: Se coge una cuerda; en un extremo de la misma se ata un canto rodado, a ser posible, de generosas dimensiones; al otro extremo de la cuerda se ata el pescuezo de un funcionario real o sujeto de similar especie; se coge el conjunto formado por cuerda, canto rodado y funcionario, y tirándolo por el precipicio más cercano, se comprueba si golpea más veces la piedra sobre la cabeza del funcionario, o si es la cabeza del funcionario la que golpea más a menudo sobre la piedra. En caso de que el resultado del recuento sea favorable al canto rodado, se vuelve a repetir la jugada.
  2. La gallinita ciega: Se aprovecha lo que quede de funcionario y se le pone un trapo en la boca para evitar que pueda hablar o emitir sonidos fonéticamente reconocibles; se coge un voluntario/a entre el público; se le suministra un hacha bien afilada y se le vendan los ojos con el objeto de que no pueda ver nada; se airean las partes pudendas del funcionario acomodándolas sobre un tronco o tablón, asegurándose mediante un juego de sogas, de que el funcionario no pueda escaparse, ni retirar sus partes pudendas de la ubicación elegida como terreno de juego. El juego consiste en que el/la participante corte el tronco o tablón a ciegas evitando, en la medida de lo posible, el área reservada para los genitales del funcionario, permitiéndosele a éste último hacer uso de la mímica para conseguir indicarle a el/la leñador/a, la zona sobre la que debe descargar los hachazos. El juego termina cuando el voluntario/a acabe de cortar en dos el tronco o tablón, o bien, yerre alguno de los hachazos, invadiendo el perímetro acotado para la ubicación de las partes pudendas del funcionario.
  3. El juego de la hormiguita: En caso de que todavía haya funcionario del que echar mano, se le coge; se le obliga a ponerse a cuatro patas, y se le coloca sobre la espalda un par de resistentes alforjas; se llenan estas con pedruscos varios, hasta completar un peso de unos doscientos kilos aproximadamente en cada una; se obliga al funcionario a trasladar la carga de forma continuada y sin descanso, desde la plaza del pueblo hasta la cima del monte “Tortuoso”, situado a unos escasos cinco kilómetros de distancia. El juego finaliza cuando el funcionario consiga piedrita a piedrita, que la altura final sobre el nivel del mar del monte “Tortuoso”, alcance los 8.849 metros. Se debe tener en cuenta para una total comprensión de la dificultad que entraña este pasatiempo popular, que su última altura conocida y registrada en 1967 por el Instituto Nacional de Cotas, Altitudes y Montañitas Varias fue de 1.654 metros. Existía en algunas aldeas de la comarca, una variante de este pintoresco deporte denominada “El atómico”, según la cual el juego también podía concluir en el momento en que el físico italiano Enrico Fermi, realizara la primera reacción nuclear en cadena, hecho que según las estimaciones realizadas por los sabios y estudiosos de la comarca, debería ocurrir aproximadamente hacia el año 1942.
5. El primer milagro tuvo lugar cuando el funcionario recolectó de su pequeño huerto una zanahoria del tamaño de un ajo puerro de los gordos, en cuyo interior fue hallada una estampita de San Honorato Impaciente en la que se le podía admirar bendiciendo a una marsopa común. El segundo milagro fue que no le corrieran a gorrazos o directamente le condenaran a la hoguera, tras la aseveración realizada por el Secretario ante la Archidiócesis Provincial de que la marsopa común de la estampita era una “vívida e indiscutible representación simbólico/naturalista de la Virgen de las Mareas”.
6. Tal vez haya lectores que puedan pensar que el escritor ha sufrido algún tipo de dislexia temporal, y que el adjetivo correcto para dar sentido a esta frase es el de “conversos”. Pues no, nada de eso. El escritor, que nosotros sepamos, no sufre de dislexia alguna. El hecho cierto es que los polacos arriba mencionados eran convexos. Cosas de los polacos, que para algunas cosas son muy suyos.
7. San Cacerolo Iluminado utiliza para su correcto funcionamiento 4 pilas tipo AA-R06, a ser posible alcalinas. De momento no hay disponible adaptador a red.

No hay comentarios: